Biblioteca

IES Los Manantiales, Torremolinos (Málaga)

25 de noviembre: Día Internacional contra la Violencia de Género

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Como todos los años, el pasado lunes 25 se conmemoró en todo el mundo el Día por la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Y, como cada año, también hemos querido en nuestra biblioteca recordar este terrible día con actividades destinadas a concienciarnos en esta lucha.

Para el cartel que elaboramos cada curso sobre el tema (que puedes ver en la entrada de esta noticia y en todos los pasillos del instituto) hemos elegido este año el lema "El silencio es cómplice", para recordar que todos tenemos que denunciar cualquier tipo de agresión contra la mujer que conozcamos en nuestro entorno.

Ese día se organizó para todos los alumnos de 4º de E.S.O y 1º de Bachillerato una actividad doble: En primer lugar se proyectó el cortometraje "Desenfocada" dirigido por el director Miguel Ángel Fournier, que trata de las formas en las que la violencia de género entran en la vida de una pareja. Tras el corto se organizó un debate en torno a la película, la violencia contra la mujer y sus causas.

Además del corto, preparamos un sencillo power point con una selección de microrrelatos cuyos argumentos giran en torno a la violencia machista. También a partir de estos textos se suscitó un debate sobre esta lacra que, en lo que va de año, ha matado a 46 mujeres en nuestro país.

El día contra la violencia a la mujer es una de esas efemérides que no nos gustaría recordar, pero que tenemos la obligación moral de hacerlo, mientras este terrible fenómeno perviva.

Aquí os dejamos algunos de los microrrelatos que seleccionamos para esta actividad.


MICRORRELATOS


Desde que Papá se fue, Mamá ya no se pinta los labios con mercromina.

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Cambió la cerradura de la puerta. Consiguió una orden judicial de alejamiento. Pero todas las noches, entra en sus sueños.

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Estaba tan preocupada por los monstruos que imaginaba bajo su cama, que no se dio cuenta cuándo el príncipe con el que dormía se convirtió en uno.

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A mí me empiezan a entrar dudas. Desde esta cama veo las flores del jardín, me evocan el día que le comuniqué que me iba y, entonces, me trajo un precioso ramo de rosas. Soy un pajarillo indefenso y tú eres mi cielo, sin ti no soy nada, me dijo con las lágrimas a punto de asomar. Con eso dejaba de cuestionarme otras posibilidades. ¡Es tan dulce y detallista! Vendrá dentro de poco y esta enfermera le pone ojitos. Espero que termine pronto de cambiarme las vendas de las costillas y me traiga un espejo.

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Las gafas de sol que me trajo el tío Carmelo se convirtieron de inmediato en mi más mejor tesoro. ¡Era un regalo de mayores! Y Carlos se moriría de envidia cuando me viera entrar en clase con ellas. No me las quité en toda la mañana pero cuando fuimos a comer papá me dijo que era de mala educación andar con eso puesto en la mesa. Protesté un poco y le dije que mamá a veces llevaba gafas de sol en casa, incluso en el momento de cenar. Los dos se quedaron en silencio, él y ella, y yo decidí portarme bien. No conviene enfadar a mi padre.

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Empezó criticándole su forma de vestir, pero ella no le dio importancia. Pensó que sólo eran celos, como cuando la dejaba en ridículo delante de sus amigos para sentirse el centro de atención. “Hombres”, pensaba ella, “son todos iguales”. Tardó en darse cuenta de su error, porque era difícil descubrir el engaño. Él nunca le levantó la mano, ni le gritó. Su cuerpo intacto escondía una autoestima apaleada que moría día a día sin que nadie se diera cuenta.

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Los insultos, los golpes y los gritos volvían a empapelar la casa. María, tapándose los oídos, fue corriendo a encerrarse en su cuarto. Buscó sus lápices de colores y en un papel en blanco pintó un enorme arco iris. Esbozó una sonrisa. Dibujó una casa roja con hermosas ventanas azules, y una puerta abierta por la que entrar a refugiarse. En el jardín, plantó un cartel prohibiendo la entrada de adultos. Despacio, introdujo primero un pie, después el otro y, finalmente, el resto de su pequeño cuerpo. Cerró la puerta. Allá dentro, los sonidos se quedaron mudos, y se sumergió en el más feliz de los sigilos. Al rato, entró su padre en el dormitorio a buscarla, arrugando el dibujo con furia y tirándolo al suelo. En ese instante los llantos perdieron su afonía y volvieron a retumbar las paredes. Se abrió la puerta del armario y una voz ronca le dijo: -María, mamá se ha caído, nos vamos al hospital.